LuisNiveiro
Niveiro
se parece a él.
Albino Dieguez Videla
Asociaciones
Argentina, e internacional de Críticos de Arte
Desde
hace unos años -no muchos- los trabajos de Luis Niveiro se han vuelto
inconfundibles. Quizás porque a todos nos implica en un juego que más
allá de serlo despereza los recuerdos: este artista recurre al Pinocho,
de Carlo Lorenzini -más conocido como Collodi-, para hacerlo protagonizar
episodios de nuestro tremendo y nacional fin de siglo, y esas escenas
locales tienen un alcance sin fronteras porque los males nuestros son
también ajenos.
Valgan algunos ejemplos sobre lo dicho: la corrupción, la matanza indiscriminada
de animales, la globalización niveladora, la canasta familiar (después
del día 15). Caperucita Roja como un símbolo que puede hermanarse al de
las muñecas Barbie, la televisión, el año 2000 ...
Un rompecabezas que hace arder la cabeza no bien se lo ve armado por Niveiro,
pero lo curioso es que esa sensación se ve morigerada por una adición
humorística certera. Este detalle intelectual es lo que convierte en obra
de arte a estas técnicas mixtas concretadas a través de un material exquisitamente
elegido (y recuperado). Dejemos de lado las referencias al "arte pobre"
-que tan poco duró- y vayamos mejor por la orientación del arte conceptual
tomado como un ejercicio lúdico: que no es otra cosa que la enunciación
gráfica del pensamiento profundo, como un lenguaje reconocible inmediatamente.
En Niveiro la ingenuidad se antepone a la reflexión crítica, en este sesgo
de su producción -porque obviamente ex profeso su vasta labor de dibujante-,
es como el humor negro, lo opuesto a la tragedia. Pero la tragedia está,
sólo que nuestro artista no exacerba la sensibilidad del contemplador,
es más la dulcifica lo tremendo que señala, casi como una disculpa.
Como esa risa ingobernable que suele preceder a la furia. En el infierno
contemporáneo hay dos artistas que me interesan por el humor y la ironía
y por la forma en que las participan: uno es Niveiro y el otro es el escultor
norteamericano Tom Otterness, ambos parecen haber conservado la mirada
infantil al trabajar y gozar haciéndolo. Ambos tienen un discurso honesto
y sin intereses, lo cual es casi un milagro en este momento del siglo
que se va.
El independiente Niveiro se sale del mundo cerrado del arte y se deja
guiar por inciertas estrellas fugaces, que le prometen una revelación
siempre aplazada, la misma que él nos entrega a nosotros. Nos propone
la contemplación del espectáculo de una fecundación: son los colores y
los materiales los que inventan un espacio carnal y espiritual que no
existía antes de ese abrazo amoroso. Ese espacio carnal y espiritual que
fructifica con la obra de arte en la tierra inmaterial de nuestra conciencia
atormentada.
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