¿Unifican
, identifican los estilos, en algo que podemos denominar producción
regional, casi con cierta ligereza?
El
llamado "Noroeste Argentino" no es uno, uniforme, indistinto,
idéntico excepto que se desee correr el riesgo de caer en el
estereotipo o en el habitual lugar común, no puede asegurarse
la existencia de "un estilo"; si la región es una "extensión
homogénea en determinado aspecto" , cabría preguntarse
fundamentalmente por esa homogeneidad (o por sus límites).
El trabajo con los mitos de Víctor
Quiroga, los exvotos de Blanca Machuca, la
persistencia indígena de los expresivos rostros del Pastor
Titicala, los paisajes de la Puna de Juan Carlos Entrocassi,
los imponentes totems de Alejandro de la Cruz,
los diseños geometrizantes de Enrique
Salvatierra o los tejidos de Manuela
Rasjido, son inscripciones peculiares en una producción,
que a veces, se generaliza un tanto irresponsablemente. Los artistas
formulan interrogantes o propuestas de respuestas individuales -hipótesis-
en un período en el que nada puede escapar de la contaminación
y la impureza. A pesar suyo, obviamente.
Si la globalización permite uniformar para permitirse expresar
-nombrar y, por lo tanto, dominar-, los artistas marcan sus huellas
en un espacio que no es propio, en un proceso que es distinto pero,
a la vez, difiere de toda pretensión de sentido, lo prorroga
implacablemente, porque no lo ofrece de una buena vez a los receptores,
inequívocamente. Entonces, ¿qué es lo propio e
inconfundiblemente regional?
Ajustando
términos
Por ello, precisamos el alcance de algunos términos usuales:
a) Regional: la definición de una región no es
solo geográfica; fundamentalmente, la producción cultural
determina un espacio de saber en el que hay que pensar las desigualdades
más que en la igualdad, como elemento que justifica hablar de
una tal región. Esa producción no es, se observará,
únicamente un producto, sino también su distribución
y su consumo. Un proceso, en definitiva.
b) Fronteras: no se trata de un concepto separado y tajante;
la región de la que hablamos es la frontera que implica un exterior
y un interior, un límite en el que participan activamente dos
áreas colindantes disputándose el mismo territorio, un
espacio que, por eso mismo, está constituído por elementos
culturales diferentes y hasta contrapuestos que lo estructuran y desestructuran
simultáneamente en un movimiento que no se detiene. El arte de frontera
es híbrido, su naturaleza es el mestizaje mismo. La frontera
es también el margen y el centro, en aquella cadena derridiana
de marken-marca-marcha-frontera. el margen es y no es lo otro:
es "ni".
c) Identidad: más que identidad, adquirimos "trastornos
de identidad", porque ésta nunca está dada, recibida
o alcanzada, sin más; "sólo se sufre un proceso interminable
fantasmático de identificación". La identidad no
es un documento nacional de identidad, no es una determinación
policíaco-jurídica. ¿Qué cosas componen,
precisamente, ese particular modo de ser que otorgaría la tal
identidad?, se preguntaba hace unos años el teórico Juan
Acha. Nadie lo había respondido hasta ese momento, tampoco
hoy.
d) Huellas / archiescritura / marcas / difference, que
contituye los "indecibles" de este proceso, en el que pueden
anotarse los registros del arte de fronteras como una producción
regional. Ocupando el espacio y el tiempo; acelerando, pero también
retardando las diferencias. En oportunidades, aplanando las distancias
de los siglos y los kilómetros.
El arte de fronteras, entonces, deconstruye la oposición centro-margen;
desplaza, desliza e invierte los términos en un movimiento continuo,
subvirtiendo las jerarquías planteadas originalmente. la frontera
es hibridez, como lo caracteriza Néstor García Canclini.
En esa área, las ideas de centro y periferia no pueden entenderse
como polos estáticos y opuestos; hay una operación de
dislocación permanente.
Sucede como a nivel nacional, donde la noción de frontera extendida
socava, desarticula la distinción entre arte argentino y extranjero.
Borges, hace muchas décadas, había sentenciado
que no era necesario el "color local" para ser argentino...
tampoco para ser regional.
Hay, al menos, dos líneas de trabajo para tener en cuenta en
esta producción artística: por un lado, mass-media
de por medio, los artistas se vinculan con las corrientes internacionales
que se orientan en el denominado neoprimitivismo; por el otro,
hay una relación previa, no conciente en algunos casos, que vincula
a los productores con esos primitivismos a través de la fuerte
presencia de las tradiciones e iconografía precolombinas que
se conservan en la región a modo de una archiescritura previa.
La partícula "neo" anticipa un modo de encuentro con
las expresiones del pasado, modo que implicará, de seguro, una
resemantización. No se trata, se verá, de una cita ingenua
e incontaminada, de una apropiación, a veces parodiando la reconstrucción
del pasado, donde poco tiene que ver con su significado original.
El producto artístico absorbe y reinterpreta mitos y ritos reutilizándolos
como un modo de conocimiento de la realidad, no ya para operar en su
transformación. La mezcla = desorden impone su propio ritmo y
asimilación.
Mitos, exvotos, totems
García Canclini opina que en estas tendencias "se
restituye el rito, pero sin mito"; pero en la obra de Víctor
Quiroga ¿podrá separarse lo uno y lo otro, si
se considera a su vez, que el rito es el mito en acción?
La profesora Maria Eugenia Valentié aconseja "trabajar
con respeto al mito, porque aún no ha perdido poder". Quiroga
lo plantea en la tela con un exacerbado neoexpresionismo, alejado de
todo folklorismo o costumbrismo, porque sabe que el mito, tal como lo
entendía Roland Barthes, es un lenguaje, un habla que no se define
por el objeto de su mensaje, sino por la forma en que se lo profiere;
una figuración libre con un tratamiento acentuado del color y
del dibujo.
Un abordaje distinto es el de Blanca Machuca: recordamos
que los retablos y exvotos se estructuran en un lenguaje plástico,
pero en una narración que no se entiende como sucesiva y secuencial,
sino como fragmentos, como viñetas de un comic. Toda la energía
expresionista y una composición barroca constituyen las pinturas-ensambles
de Blanca Machuca, así como sus vestigrafías,
en la que expresamente se admite la influencia del tejido.
A través de Enrique Salvatierra se presenta el
camino constructivista del rescate de la cultura precolombina, en particular
de La Aguada, Santamaría y Diaguita; en su prolífica
obra cerámica, pictórica o textil, hay una carga simbólica
caracterizada por lo despojado y cierto minimalismo, signos y formas
primarias, elementales, están dotados de una significancia en
la que se investiga, nada menos, el tiempo y su conjunción en
el espacio, del que sólo puede decirse que es y permanece. Salvatierra
hace trabajar la significación en la significancia, como proceso
permanente. Plantear esta perspectiva, pero en la indumentaria, es la
propuesta de Manuela Rasjido, si se considera que la ropa
es un sistema se signos, un medio que comunica y desde el cual se emite.
El arte, entonces es situado en la cotidianeidad, como un objeto útil
que acompaña la experiencia estética; de esta manera se
anula toda la rígida contraposición.
Los paisajes puneños, con su aridez natural, están presentes
en la obra de Juan Carlos Entrocassi, en la que materia
y textura dan cuenta de un exaltado subjetivismo. Paisaje subjetivizado,
un poco a modo de los románticos, si se quiere, con sublimes
geografías. Este trabajo con la materia prima también
es destacable en Víctor Montoya y Hugo Irureta:
el punto de partida para composiciones que funden - y confunden - la
naturaleza con el hombre, cuyo retrato, por excelencia, aparece representado
nítidamente en Pastor Titicala, reflejo fiel de
una fisinomía.
Los signos pictográficos se distinguen claros también
en las obras de Myrian Genisans, aunque en su última
producción se acentúa la afirmación de un discurso
desde la propia mirada femenina; tejidos y bordados, desde la perspectiva
del collage, constituyen su pintura acrílica.
Julio Villafañe elabora su obra desde un gestualismo
expresivo acentuado, incorporando escrituras en las telas. En algunos
casos, semejan pizarrones que rescatan fragmentos de memoria escolar.
Su informalismo constante (la incorporación de materia, generando
texturas y superficies sólidas) fue cediendo para centrar la
preocupación en el tratamiento del espacio.
Desde otro enfoque, marcando una diferencia, se inscribe la obra de
Marcos Figueroa. En su último período,
elaborado desde la ironía, ha optado por transitar un sendero
inverso: el de la desmitificación.
Mario Martinez, por su parte, centra su interés
en las ceremonias y rituales, cultos sagrados y profanos, como las fiestas
de "San Esteban" o "Mailin".
Una figuración esquematizada, con una insinuada geometrización,
aplicando el color puro, en una composición abigarrada.
El escultor Guillermo Rodriguez concentra
su atención en la imaginería. En sus cuidadas piezas de
madera desestructura la solidez de la materia y exhibe lo que muchas
veces aparece apartado de nuestra mirada corriente. El contraste entre
los volúmenes negativos y positivos, el espacio interior que
se exterioriza, la recontrucción ( sencillamente, "mostrar
de que modo estaban hechas las cosas..." ), en una palabra, son
operaciones clarasen las obras "Suplicante" o "Imaginería
para una nueva Conquista", por ejemplo. <
La imponente presencia de los objetos de Alejandro de la Cruz
semeja custodios de poderes de antaño, pero que bien
podrían ser de la actualidad. Puertas, invocaciones a las divinidades
de la naturaleza -en definitiva, totems-, trabajadas en grandes dimensiones,
revelan la destreza y habilidad técnicas del escultor que se
propone, ante todo, despertar la memoria con un a veces evidente constructivismo.
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