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La
continuidad fluyente de la vida es su búsqueda. Y pretende arrancársela
al soberbio esplendor del mármol. A su plenitud dura y compacta.
Como si esa materia decidiera abrir lo que encierra y conviniera,
tras el empecinamiento de la artista, en dejar ver el temblor
de lo que no es inerte, el ir y venir, el devenir del ininterrumpido
ritmo de la vida. La naturaleza pétrea y la oscilación vital
confluyentes en una voluntad única. Con la demostración de que
las discontinuidades de una emergencia ondulante y la sensibilidad
abstracta de la forma pueden alternarse y aliarse.
El resultado suele ser obra que se desdobla, que enuncia la
díada, que invita a descubrir las sorpresas del anverso y reverso
de un mismo volúmen, reeditando el juego barroco de los opuestos.
El sol y la luna; presencias autosuficiente que traspasan las
fronteras del concepto y apelan a una comunicación sensitiva
donde campea la luz y la elocuencia de otra habla, ritmica,
silenciosa y espléndida.
ROSA
MARIA RAVERA
Miembro de Número
de la Academia Nacional
de Bellas Artes |