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MarceloPelissier


Horacio Safons

En las pinturas de Marcelo Pelissier, lo escenográfico compone la puesta de los acontecimientos. Sus obras tratan, en clave de "notas a pie de página", tanto lo psicológico y lo onírico en su puja por emerger de lo profundo y desnudar las raíces, como la ambigüedad del estereotipo formal y discursivo que resulta de unas imágenes que "ilustran" de igual manera que ocultan, las singularidades dantescas del paraíso perdido y el infierno encontrado. Resueltas casi planimétricamente, en superficie, una superficie que, por añadidura, suele aparecer obturada por la materia y erosionada por el color, muchas veces compartimentadas por planos de diferentes tamaños, que resultan en un telón de frontalidad manifiesta, comentan primero al cuadro (casi como un pre-texto) y luego se autocomentan, en referencia sistemática a un juego de sustituciones visuales que tiende hacia una concepción emblemática de los signos y a una heráldica de lo formal. El telón, concebido como soporte de imágenes pintadas en el interior de la pintura, (cuadro dentro del cuadro), juega tanto como secuencia de una acción fragmentada, como hecho individual y arbitrario, sin conexiones de argumento.

Marcelo Pelissier registra de alguna manera cierta condición narrativa y las peculiaridades simbólicas, propias de aquellas imágenes que, o configuran algún tipo de acción o constituyen referentes paradigmáticos. Las citas remiten además a un decir en otro espacio y en otro tiempo, porque ellas son a la vez acciones simultáneas alineadas, siempre o casi siempre a la manera de una guarda que connota el asunto principal, o le introduce un referente a veces elusivo, otras manifiesto. No es que el artista quiera en realidad establecer exclusivamente relaciones sintagmáticas entre la cita y el "tema" de su pintura (aunque ellas existen de manera profusa); debemos considerar también una intención distractiva que impulsa a la visión a ejecutar ciertos saltos destinados a que lo evidente se imponga como categoría, como dimensión singular de la realidad concreta, cualesquiera fuere el efecto visual o conceptual, residual o directo, de estas transiciones.

De cualquier manera, el sentido casi obsesivo de la tentación y del pecado, a partir de la expulsión del Paraíso (manifiesto en la permanente aparición de la serpiente), el drama de la Pasión (reiterado tanto mediante la alineación de citas pictóricas específicas, como) en la introducción de la corona de espinas), la reiterada figura de la masa encefálica, la cita de la "Extracción de la Piedra de la Locura" de El Bosco (presente en la obra que exhibe en el Premio Costantini) y la metamorfosis de la serpiente en cerebro tentacular (o arterias succionadoras, según se mire), introducen en la pintura de Pelissier la atemporalidad de los asuntos (¿o debemos decir estigmas?), entre místicos y religiosos, eróticos y compulsivos, violentos y traumáticos, que nos aquejan desde que el mundo es mundo.

Surge así, naturalmente, la pregunta: ¿Son los estigmas también una suerte de heráldica del género humano? ¿El tatuaje natural de un cuerpo individual pero, también, social e histórico? como surge la obvia y a la vez terrible deducción de esta imagen pintada del cerebro-serpiente, serpiente-cerebro que Pelissier venía anunciando en ciertos contornos y ondulaciones circunvalatorios de trabajos anteriores. De ella parece provenir y en ella parece converger este mundo de imaginería y extrañas conmociones, que por un lado grita, profetiza, se exalta y contorsiona y por otro, se reduce, con cierta mansedumbre decorativa, a íconos, emblemas, signos joyantes, sobre fondos oro o esmeralda (por ejemplo "Piedra de la Locura"); dando cuenta que, como dice William Blake "La Eternidad está enamorada de los frutos del tiempo".

Marcelo Pelissier denota un ritmo interior sujeto por la voluntad de mantenerse invulnerable, pero pautado en su necesidad de manifestar, liberar y expandir su interior coaccionado, por eso expolia del territorio de la memoria y sus mitos, imágenes, sombras, sonidos de llantos opacados, quejas de parto, ayes de muerte, sentencias inscriptas en el mármol funerario, que reiteran, en el espacio y el tiempo de su historia, las dudas, certezas y revelaciones míticas de la especie (por ejemplo "Estigma"). Todo expuesto a la manera de un "monumento" conmemorativo en el universo escenográfico de lo pintado.

Por supuesto, que en obras como "Imperio, se oculta el mundo narrativo de las imágenes y aparece la voluntad de acotar el sentido de su obra, en el límite que existe entre lo obvio y manifiesto (casi en el mundo del estereotipo antes que en el emblemático). Ello implica producir un gesto de reducción formal capaz de evitar que el discurso diga otra cosa más de lo que verdaderamente dice o, por lo menos, capaz de enviar lo connotativo al plano de la periferia. La forma-cerebro, piedra de la locura, piedra filosofal, adquiere un peso plástico propio y se manifiesta en su máxima simplicidad expresiva.

Extrañas y persistentes relaciones-revelaciones las de Marcelo Pelissier, instaladas entre la vida y la muerte, entre lo que se pliega y se despliega, entre lo que se contrae y se expande, entre la parte y el todo. A la vez, vivas y operativas en lo Uno y en lo Otro.

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